La huella del hierro de Rafael Alarcón
Un día de tradición y fuego junto al Ebro
Oscar y Jorge Begue en plena faena.
El día apenas despuntaba cuando la finca La Isla comenzó a llenarse de
vida. Eran las nueve de la mañana
y el frío y la lluvia de enero aún se aferraban a la ribera del Ebro, mezclándose con la niebla y con esa expectación contenida que solo se
respira en las citas señaladas del calendario ganadero. No era una jornada más: la ganadería Rafael Alarcón celebraba su Bautismo de Fuego en
Pastriz, en un enclave donde el campo y la tradición dialogan sin
prisas.
Rafael Alarcón.
Desde el
primer momento, a la orilla del Río Ebro todo hablaba de afición y
cuidado. En esta casa cada paso está meditado y responde a una idea
clara de lo que se busca. Gestos y decisiones nacen de una forma muy
concreta de entender el toro bravo, basada en la paciencia, el respeto
al animal y una selección meticulosa. Antes de que el hierro
entrara en escena, el trabajo silencioso —apartado, observación y
elección— marcó el ritmo de la mañana, sosteniendo el futuro de la ganadería.
Oscar.
José Carlos
Artigas.
El Bautismo
de Fuego representa el primer gran rito en la vida del bravo. Es el
instante en el que el becerro deja de ser uno más para adquirir identidad
propia: nombre, número y hierro. Una ceremonia cargada de simbolismo en la
que tradición, compromiso y responsabilidad quedan impresos para siempre
sobre la piel.
Hierro de la ganadería “Rafael
Alarcón”.
Ángel Alarcón y Jorge Begue.
Uno
tras otro, 55 animales —23 machos y 32
hembras— pasaron por el cajón bajo la supervisión del veterinario de
la GLU. Más de tres horas de trabajo,
entre frío, lluvia y barro con varios animales marcados a mano sobre un
auténtico lodazal, ejecutadas con precisión y respeto. Reses nacidas
entre julio de 2024 y junio de 2025, que desde ese momento pasan a formar parte
del recorrido ganadero de Rafael Alarcón,
marcadas con la característica oreja
despuntada en ambas.
Señal de orejas, despuntada ambas.
Sergio.
Los ganaderos Rafael Alarcón y Rosa.
La de Rafael Alarcón es una ganadería con poso y raíces profundas. Desde sus inicios en la década de los ochenta, el proyecto ha ido creciendo sobre cimientos sólidos, apoyado en procedencias contrastadas y en una selección constante. Un trabajo paciente cuyos frutos comienzan a reflejarse en los ruedos, con presencia cada vez más reconocida en plazas de Aragón, Navarra y la Comunidad Valenciana.
Nuestro agradecimiento
a Rafael Alarcón y a sus hijos por abrirnos las puertas de su casa y
permitirnos compartir un día tan señalado. Con una forma de trabajar sin
prisas pero con rumbo claro, y con una afición auténtica como motor,
las nuevas generaciones de la familia miran al futuro con ilusión y
determinación.
Ángel Alarcón.
El fuego
volvió a dejar su huella. Y el camino, recorrido paso a paso, confirma
que el esfuerzo merece la pena. Finca “La Isla” Pastriz (Zaragoza).
Ganadería “Rafael Alarcón” Pastriz
(Zaragoza).
La huella del hierro de Rafael Alarcón
Un día de tradición y fuego junto al Ebro
El día apenas despuntaba cuando la finca La Isla comenzó a llenarse de
vida. Eran las nueve de la mañana
y el frío y la lluvia de enero aún se aferraban a la ribera del Ebro, mezclándose con la niebla y con esa expectación contenida que solo se
respira en las citas señaladas del calendario ganadero. No era una jornada más: la ganadería Rafael Alarcón celebraba su Bautismo de Fuego en
Pastriz, en un enclave donde el campo y la tradición dialogan sin
prisas.
Desde el
primer momento, a la orilla del Río Ebro todo hablaba de afición y
cuidado. En esta casa cada paso está meditado y responde a una idea
clara de lo que se busca. Gestos y decisiones nacen de una forma muy
concreta de entender el toro bravo, basada en la paciencia, el respeto
al animal y una selección meticulosa. Antes de que el hierro
entrara en escena, el trabajo silencioso —apartado, observación y
elección— marcó el ritmo de la mañana, sosteniendo el futuro de la ganadería.
El Bautismo
de Fuego representa el primer gran rito en la vida del bravo. Es el
instante en el que el becerro deja de ser uno más para adquirir identidad
propia: nombre, número y hierro. Una ceremonia cargada de simbolismo en la
que tradición, compromiso y responsabilidad quedan impresos para siempre
sobre la piel.
Uno
tras otro, 55 animales —23 machos y 32
hembras— pasaron por el cajón bajo la supervisión del veterinario de
la GLU. Más de tres horas de trabajo,
entre frío, lluvia y barro con varios animales marcados a mano sobre un
auténtico lodazal, ejecutadas con precisión y respeto. Reses nacidas
entre julio de 2024 y junio de 2025, que desde ese momento pasan a formar parte
del recorrido ganadero de Rafael Alarcón,
marcadas con la característica oreja
despuntada en ambas.
La de Rafael
Alarcón es una ganadería con poso y raíces profundas. Desde sus inicios
en la década de los ochenta, el proyecto ha ido creciendo sobre cimientos
sólidos, apoyado en procedencias contrastadas y en una selección
constante. Un trabajo paciente cuyos frutos comienzan a reflejarse en los ruedos,
con presencia cada vez más reconocida en plazas de Aragón, Navarra y la
Comunidad Valenciana.
Con el
hierro ya apagado y la labor cumplida, llegó el tiempo de la conversación
tranquila y del agradecimiento sincero. Porque el campo bravo
también se construye desde la convivencia, el esfuerzo compartido
y la hospitalidad. Como manda la tradición, todos los asistentes se
reunieron después en los salones de la ganadería, donde el trabajo se
celebra alrededor de la mesa y el compañerismo pone el broche final a la
jornada.
Nuestro agradecimiento
a Rafael Alarcón y a sus hijos por abrirnos las puertas de su casa y
permitirnos compartir un día tan señalado. Con una forma de trabajar sin
prisas pero con rumbo claro, y con una afición auténtica como motor,
las nuevas generaciones de la familia miran al futuro con ilusión y
determinación.







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